Ves estrellas en la pared del salón, pero yo hoy no consigo verlas.

Tú entiendes que los marcos de fotos no pueden estar de pie y los tiras siempre llevándolos a esta posición. Seguramente alguna razón tendrás. Sin embargo, yo no puedo entender que motivos tienes.

Hoy te veo sentado en el sillón tapándote los oídos, y me gustaría saber qué piensas. Pero hoy no llego ni acercarme a tus pensamientos. Hoy de nuevo no quieres que estemos cerca y huyes de mis besos y abrazos. Y no me digas que te pincha la barba que me he dejado, pues antes también picaba.

Hoy me cuesta mucho entender tu mundo.

Hijo, hoy no puedo seguirte en tus carreras sin sentido y no puedo levantarte porque has decidido no ponerte los zapatos. En el baño, cuando derramas el agua, estás derramando mi paciencia. Tu ritmo, hoy no es el mío.

Hoy no puedo entender como repites y repites siempre lo mismo; ni como rompes el vaso de cristal y derramas el arroz por la cocina; ni porqué te quitas la ropa una y mil veces.

Hoy no llego a entender tus saltos sin sentido encima de las camas ni porqué enciendes todas las luces de la casa y abres todas las puertas. Hoy me rompes por dentro y llevas al límite mi capacidad de amarte.

Hoy el día se me está haciendo muy largo y mis pies pesan más de lo normal. Hoy mi capacidad de enseñarte está a cero y no consigo llenar el tarro del amor incondicional. Me cuesta mucho hoy no gritarte y la desesperanza está llamando al timbre para que salga a dar un paseo con ella por el parque

Pero hoy, ¡hoy no voy a abandonar! NI hoy ni nunca. NO dejaré que tu mundo infranqueable pueda conmigo y con mi fuerza de voluntad. Además del amor que te tengo por ser hijo mío, la vida me ha puesto un gran reto: llegar hasta mi hijo que es una persona con autismo.

Tienes que entender que a veces me fallen las fuerzas, pero eso jamás significará que arroje la toalla. Jamás dejaré de intentarlo. Cada vez que huyas de mis besos, multiplicaré los mismos por mil. Cada vez que enciendas las luces, las apagaré mil veces. Cada vez que abras las puertas, estaré yo ahí para cerrarlas.

Pero sobre todo, por cada día que haya como hoy, en el que las fuerzas flaquean, habrá 1000 días de dar lo mejor de mí para llamar a las puertas de tu mundo.

No lo dudes. Voy a luchar hasta el final.

¡Hijo! vamos a conseguirlo. Y cuando abras esas puertas que tanto pesan, estaré sonriendo y te abrazaré; ese día no correrás, simplemente dejarás que el abrazo dure más de lo normal.

¡Lo lograremos juntos!

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín