Octavo mandamiento: te lo prometo, no cuento cerillas

Octavo mandamiento: te lo prometo, no cuento cerillas

Si se cae una caja de cerillas a mi lado, no pienses que sé cuántas hay, no tengo ni idea, igual que tú, NO cuento cerillas, NO sé hacer sumas infinitas.

Y si me preguntas qué día será el 22 de abril del 2089 sin mirar un calendario, tendré las mismas posibilidades de acertarlo que tú.

Tampoco soy un músico excepcional, porque no sé siquiera lo que es un piano.

Cuando vengas a conocerme, olvida y deja aparcados tus prejuicios y lo poco que sabes del autismo y no te sientas mal por ello.

Dijo Groucho Marx que es preferible estar callado y parecer idiota que hablar y demostrarlo definitivamente.

Además, no te sientas mal por no saber nada del autismo, realmente es muy poco lo que se sabe; se ha empezado a investigar sobre ello hace pocos años y por lo tanto que tú no sepas es lo más normal del mundo, lo raro sería que entendieras demasiado.

Solamente tienes que acercarte sin prejuicios, sin convencionalismos, sin creencias de ningún tipo, sin opiniones que son fruto de tus sospechas.

En fin, como te deberías de acercar a cualquiera que no conoces.

Habla en segundo lugar, si dejas que mis padres hablen los primeros y te cuenten, empezarás a aprender sobre mí. Ten en cuenta que ellos y casi todos los que conviven con una persona con autismo, han descubierto que contar su historia personal les desahoga y hacen algo, por pequeño que sea, para que el autismo se empiece a conocer.

Imagínate sólo por un segundo que vinieras con una bata blanca llena de color rojo y te dijera: ¿qué tal la operación de corazón que acabas de hacer? y simplemente vinieras de tu clase de dibujo.

No prejuzgues, no anticipes, porque además, cuando hay algo que se sale de la normalidad, si esperas un poco para hablar, la persona que está provocando el hecho diferente tardará muy poco tiempo en dar una explicación de su diferencia. El secreto está en esperar un poco.

Si esperas un poco descubrirás enseguida mi diferencia y sin duda alguna verás la luz que te guíe hacía mí.

Si se te caen las cerillas recógelas y jamás me preguntes cuántas hay. Porque si te digo un número y acierto, me voy a quedar tan acojonado como tú.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín

 

Séptimo mandamiento: no vengas con milagros

Séptimo mandamiento: no vengas con milagros

Los milagros con el autismo son fáciles de decir, pero sólo los poco inteligentes lo hacen.

Decir que haga una dieta alta en hierro porque has oído a tu vecina de en frente que eso le funcionó a un sobrino del conserje de su trabajo, es una broma de mal gusto para mí y para mi familia.

No me hables de cámaras hiperbáricas que harán de mí un universitario digno de mención en la entrega del título.

Ya no te cuento de hablarme de curanderos o de que existe un señor en no sé qué barrio de Leganés que si me lee el iris hará que diga mis primeras palabras.

El autismo es un síndrome. Y mis padres ya hacen todo lo que tienen que hacer para darme calidad de vida. Me tratan en los mejores hospitales de la Comunidad de Madrid, voy a uno de los mejores colegios especializados en autismo y tengo a mi disposición todas las ayudas personales necesarias para hacer que mi día a día sea menos complicado para todos.

El autismo no se cura, de momento. No sé en el futuro, eso lo dirá la medicina, la neuropsicología y en definitiva la investigación de todos los profesionales que dedican el día a día a trabajar en el futuro del síndrome.

Te advierto una cosa: como te acerques a mi familia diciendo que hay un tío que lee los posos del café y que así sabe lo que me va a pasar, voy a pedir un Aquarius de limón y unas aceitunas al camarero y te voy a contestar que según queden los huesos de las mismas en el plato, me indicará cual es el mejor camino para mandarte a la mierda.

Dejemos que los médicos hagan su trabajo y tú y yo dediquemos nuestro tiempo a hacernos felices mutuamente.

-Reflexiones de un autista.

 


Fotografía: David Martín

 

Sexto mandamiento: no mentirás

Sexto mandamiento: no mentirás

¡No me mientas!

Al igual que a otro niño, no me hagas promesas que no vayas a cumplir.

No te protejas con el paraguas de “como no se entera”, porque repito, no conoces lo que comprendo y lo que no comprendo.

Haz conmigo lo mismo que harías con cualquier otro niño. Si me ves y me dices que la próxima vez que me veas me vas a dar una chuche, procura tener un buen caramelo a mano cuando el destino se encargue de juntarnos de nuevo.

Mi familia está cansada de verdades a medias y yo también.

Has de tener en cuenta que tenemos la piel muy fina en este sentido. Cualquier cosa que no estés convencido que puedas cumplir mejor no la digas, porque las promesas incumplidas respecto a mí, tienen un efecto demoledor en el seno de mi familia. Para mi familia, una promesa conmigo es una bocanada de aire fresco y algo tan simple como ¡la semana que viene voy a pasar a ver a Lucas! de no ser cumplido les ocasiona un efecto complicado de explicar.

Aparecen los fantasmas de la no integración o de que no me quieres ver porque te molesto, cuando a lo mejor es tan sencillo como  que ese día no te apeteció moverte de tu casa. Por eso, cuando vayas a comprometerte a algo conmigo, mide muy bien las palabras, pues un incumplimiento de tus acciones futuras comprometidas conmigo, serán la gasolina que prenda en mis padres la hoguera de los pensamientos negativos.

Tampoco es necesario que cada vez que digas algo conmigo hagas un pacto de sangre y tengas que cumplir todo lo que dices, pero no vayas vomitando con mi familia cosas que de antemano sabes que serán imposibles.

Por último, no mientas sobre cosas obvias que mis padres conocen y saben mejor que tú: si me quedo contigo, cuando lleguen mis padres no digas: ¡¡Ha dicho mamá!! ¡¡Ha dicho mamá!! Ten en cuenta que si eso es mentira, sacas el cuerpo de mis padres al precipicio de las expectativas y su tarro de expectativas no cumplidas ya está suficientemente lleno.

Y sobre todo, jamás me digas que me quieres si no es así, pues te prometo que lo notaré.

Sólo con la verdad podremos construir el puente que nos una.

-Reflexiones de un autista.

 


Fotografía: David Martín

 

Hasta siempre

Hasta siempre

Se acabó el año, pero no se acaban mis ganas de cruzar ríos llenos de esperanzas. No se acaban las que me llevan a ser igual que tú; a tener las mismas oportunidades que tus hijos, ni más ni menos sólo las mismas.

Se terminan los días largos pero pronto volverá el sol a brillar hasta tarde. Se terminan abrazos al aire y petardos que hacen temblar las paredes de la poca solidaridad. Se acaban consejos en la barra del bar y nacen las oportunidades de amor en las miradas de los adolescentes que se asoman al balcón del amor.

Quizás se acaba la vida y las dudas de saber si has obrado bien. En vida las caricias y los te quiero; en vida, pues después sólo es el jarabe para que no le suba la fiebre a la culpa y al haber podido hacer las cosas de otra forma.

Se acaba tu mirada y con ella se van las tardes arropado en tus brazos. ¡Todo se termina! es condición humana.

Se acaban los conceptos de haber intentado ser un buen hombre y de haberlo conseguido. Eso te llevas. La honradez y la honestidad de haber vivido una vida con el sentido de haber querido y sentirte querido. Sin aspavientos sin grandes elocuencias, pero todo se termina.

Se acaba el baile y el bar de la vida está a punto de cerrar. Aunque quieras tomarte la penúltima tienes que irte. Y avanzas por la calle oscura y fría pero tu semblante me dice que ya no volverás. Eso sí, bailaste lo mejor que sabías sin pisar nunca a tu pareja y mirando a los ojos de la persona amada como lo hace un caballero.

Hoy he visto cómo se está terminando un viaje y como está empezando otro sin ti. Pero hoy sé que algún día cuando llegue a mi última estación me estarás esperando pues sellaste un pacto y siempre fuiste fiel a ellos. Siempre te llevaré conmigo. Hasta siempre y recuerda nos vemos en la última estación.

Pero ese día, SILENCIO, te quedarás con tus maletas esperando pues el que no iré seré yo. Estaré hablando con mi familia, mis amigos y con los que confiaron en que siempre diría mi primera palabra.

Y así te podré decir ¡¡Hasta siempre!!

-Reflexiones de un autista.

 


Fotografía: David Martín

 

Quinto mandamiento: cuida de mis padres

Quinto mandamiento: cuida de mis padres

Te lo pido desde el cariño más absoluto, ellos también están subiendo el Everest conmigo y muchas veces no llevan oxígeno y su ropa no está preparada para temperaturas tan bajas.

Sus estados anímicos, aunque tú los veas bien, son muy variables. Son personas que dibujan en sus caras la mejor de las sonrisas, pero por dentro pueden estar totalmente destrozados.

Ellos son así. Creen que nadie se merece cargar con sus mierdas, que cada uno ya tiene las suyas y con eso es suficiente. Pero precisamente por eso, dado que son respetuosos, lo tienes que ser tú con ellos. Elige bien los momentos para contarles cosas o para informarles de cosas que tú crees que me pueden venir bien.

Como siempre te pondré un ejemplo: si ellos vienen de tener un día muy duro conmigo quizás no sea el mejor momento para decirles que tu hijo ha sacado todas las notas con sobresaliente. No por nada, simplemente porque no son superhéroes y este comentario, que en otro momento les despertaría alegría, en ese momento lo único que les despierta es decepción, no por los sobresalientes sino porque no has sabido elegir el momento para contárselo. Para ello, tienes que poner en marcha la empatía y detectar en que momento anímico se encuentran. Con unas pocas palabras sabrás si es el momento adecuado para contar según qué cosas.

Otra cosa importante, no debes hablarles desde la pena, la condescendencia o con términos “No sé porque Dios manda cosas así”. Todo esto no les ayuda. Todo lo que puedas decir en este sentido ellos ya lo saben y sobre todo nunca toques ni de refilón el tema del planteamiento: “¿por qué os ha tocado a vosotros?” Esa pregunta es poner una mierda delante de un ventilador.

Lo que puedes hacer es escucharles, apoyarles, integrarme a mí, quedarte conmigo aunque sea 5 minutos para que ellos puedan hablar. Lo demás no ayuda, hazme caso. Lo que necesitan mis padres es estar solos y hablar de cómo van a subir el Everest conmigo: ayúdales a conseguir esos ratos.

No sirve de nada que les hables de lo duro que es el Everest, que si hace mucho frío, que si te tienes que llevar la ropa adecuada, que si no te olvides el oxígeno, que por qué te ha tocado a ti subir el Everest si tú no eres montañero.

En fin todo esto ya lo tienen ellos claro.

Si de verdad quieres ayudarles, dale ánimos, abrazos y escúchales, sólo con eso sacarán fuerzas para seguir escalando conmigo.

-Reflexiones de un autista.

 


Fotografía: David Martín

 

 

Cuarto mandamiento: intégrame por favor

Cuarto mandamiento: intégrame por favor

No solo es montañero el que sube el Everest, también lo es aquel que va todos los domingos a la montaña y simplemente camina por ella.

Por eso, para integrarme no es necesario que hagas 23 maratones con una camiseta que ponga Reflexiones de una persona con autismo o que crees una fundación con el nombre de Ayudemos a Lucas.

La integración empieza por tu círculo más cercano, por pequeños detalles que puedes hacer en tu día a día y que servirán para que mi diferencia con el resto cada vez sea mejor entendida por todos.

Integrarme es por ejemplo: intentar que tu hijo se acerque contigo y me intente dar un abrazo o que tú intentes jugar conmigo haciéndome cosquillas. Mira, incluso se me ocurre que cuando te vayas a presentar, me hagas una presentación con pictogramas para saber quién eres; bueno, esto último es para gente brillante, pero seguro que alguien lo hace algún día.

Lo que no es integrarme es tratarme diferente que al resto de niños de mi edad, es decir no hacer las mismas cosas que se hacen con el resto.

Son detalles, simplemente detalles que pueden ayudar mucho.

Si vamos a comer un grupo de adultos y de niños no dejes una silla al lado de mi madre, siéntame con el resto de niños.

Si los niños se van a por un helado después de comer, levántate y llévame con ellos no me dejes sentado oyendo conversaciones de mayores mientras os tomáis un chupito color verde que parece para limpiar los platos.

Y siempre, siempre tienes que intentarlo, porque a mi lado están mis padres y si ven que haces algo que no es integración sino exposición al peligro, ellos te pararán.

Para que yo pueda llegar al Everest, necesito primero andar por las sendas de la montañas y no sé hacerlo solo. Necesito que me ayudes. Que me integres. Como te digo, mi vida es el Everest y de verdad, sería demasiado injusto que no sólo no llevaras mi mochila sino que encima metieras piedras en ella.

Si quiero tocar las cimas de mis posibilidades no hay más remedio que tú me ayudes; me ayudas integrándome, haciendo que mi diferencia sea sólo eso, diferencia, y no la base de los prejuicios y los comportamientos erróneos, ni las excusas para que me apartes aún más de la normalidad.

Cuando me veas la próxima vez intenta que tu hijo me dé un abrazo. Verás como si sigues mis consejos cada vez el mío estará más cerca.

Necesito que me ayudes a andar el camino ¡no lo olvides!

-Reflexiones de un autista.

 


Fotografía: David Martín